Sección a cargo de la Prof. Nora Salazar y la Escritora Miriam Fuentes

Coordinación: Prof. Marcelo Romano

JACOBO REGEN

MANUEL J. CASTILLA

WALTER ADET

JACOBO REGEN

Jacobo Regen, Poeta en Salta

por MIRIAM FUENTES .

 

Ah, lírico sostén

ah, desventura

ah, piel lago sencillo en su armadura

pero que sangra y sangra del revés.

 Alberto Tasso

 

 

 

Salta tiene un  ángel, "y me debes creer", sensible hasta los extremos, lúcido y filoso que toma café, bajo sus lentes, y aquí nomás frente a la  plaza.

Su poesía refleja palabra y acto, posee la  síntesis coherente, limpia y fiel de quién ya lo visto  todo, de quien ya  profundo e intenso como un pozo ha vivido adentro de la piel misma y breve del verso.

Su voz  rumbea transparente,  desde las primeras elegías al último trazo, donde, lo detuvo el dolor en silencio.

Ella puede desgarrarte o fortalecerte porque es espejo  de su alma y quien aborda su lectura queda para siempre turbado con una granada abierta entre los dedos.

Este hombre nacido en  Campo Quijano el 5 de enero de 1935, escribe desde niño y  representa hoy  la más alta literatura.

Este  ángel rodeado de recuerdos, inteligente y  noble, está entre nosotros., invadiendo y rescatando  la mirada porque todos sabemos que no podemos quitar los ojos de él.

Jacobo  es un ángel " y me debes creer"

 

Obras:

 "Canción del ángel". Tucumán 1964-"Umbroso Mundo". Buenos Aires 1971-"El vendedor de tierra". Salta 1981

"Poemas Reunidos". Salta 1992- "Antología Poética". Bs.As. 2002.

 

 

CANCIÓN DEL ÁNGEL

 

Serenamente digo: "soy un ángel"

Y me debes creer.

Ningún  platillo de la balanza sube,

o baja

bajo mi peso.

 

Incorpóreo,

ligero,

desnudo,

como la luz...

Y sin embargo, toda

mi trayectoria es una sombra,

mi corazón es una sombra,

una moneda oscura

destruida

por el tiempo, sin tiempo y sin memoria.

 

 

CORRECTOR

 

Yo soy, uno mas, un corrector de pruebas.

No dije nunca nada de mí mismo

porque desconocía los acentos

que caen en mis vértebras profundas.

 

 

EL VENDEDOR DE TIERRA

 

Vuelve del horizonte

cargando tierra negra es sus espaldas

cuando llega lo aplauden  los jardines

y se emociona el agua.

Yo le compro tierra, y algún día

me tendrá que vender toda la carga.

 

DISTANCIA

 

No hay distancia más grande

que la que nos separa

del vecino,

del solitario prójimo

que generosamente

nos ayuda.

Su lema siempre fue: "lo mío es mío

Y lo tuyo también".

 

 

TATUAJES

 

Yo creo en las palabras

que son carne y espíritu:

tatuajes repujados

a punta de cuchillo.

 

 

PRELUDIO

Empieza la función.

Lo muerto  en su lugar. Lo vivo, muerto.

Y todo este destierro

ya para siempre a mi disposición.

 

 

MARGALIT

 

Me ganaste la apuesta,

Margalit.

 

Y junto a la nostalgia

siento la angustia de perderlo todo

como si el muerto fuera yo.

 

Conmigo estás.

                         

                     El alba

se derrumba ante mis ojos

y socava la tierra que nos une.

 

Bajo la misma sombra nos veremos.

 

Y no habrá más apuestas,

Margalit.

 

25/VII/02 (inédito)

Manuel J. Castilla

Un gozante, un nombrador, un nostálgico

Por: Prof. Nora Salazar,

en colaboración con la

Prof. Mirtha Elena Seco

 

 

 

El universo poético de Castilla muestra claramente dos vertientes: la celebración de la naturaleza y el compromiso social.

 

La naturaleza, en su poesía, se manifiesta en plenitud y es motivo de alabanza constante mientras que lo social se encierra en el silencio, en la inexpresividad que sólo sale afuera en el lenguaje de los gestos, de las manos, de los ojos o del canto.

 

           Su decir es sencillamente profundo. La nominación de las cosas es parte de su singular estilo:

                           

  Esta tierra es hermosa.

                             Crece sobre mis ojos como una abierta claridad asombrada.

                     La nombro con las cosas que voy amando y que me duelen:

                              montañas pensativas, lunas que se alzan sobre el chaco

 como una boca de pan recién prendido,

yuchanes de leyenda

en donde duermen indios y ríos esplendentes,

gauchos envueltos en una gruesa cáscara de silencio

y bejucos volcando su azulina inocencia.

                                   (De Bajo las lentas nubes - 1963)

 

En esta tierra nace. En Cerrillos el 14 de Agosto de 1918. Tierra a la que amó y celebró desde el espacio libre del gozante.

           

              Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.

                       El que bajo las nubes se queda silencioso.

                       Pienso: si alguno me tocara las manos

              se iría enloquecido de eternidad

                                   húmedo de astros lilas, relucientes.

                                   Estoy solo de espaldas transformándome

                                   En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña

y miro por los ojos de las alas de las mariposas

un ocaso vinoso y transparente.

En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.

    De mí nacen los gérmenes de todas las semilla y

    los riego llorando con rocío.

 

                                Sé que en este momento, dentro mío,

                                Nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua.

Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.

A veces un lapacho me corona con flores blancas

y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra.

 

Miro los cachos del banano,

veo arañar sus dulces dedos de oro

y en las sandías

los genitales verdes del verano llenan mi corazón de poblaciones.

Siento que estoy tapado por luciérnagas

y que en mi pelo crece la niñez del relámpago.

 

Lo que pisa mi piel igual que arena lo traga para siempre.

La sombra de los pájaros es como un agua negra que acaricia mi nuca,

una hormiga me deja su ají breve en la boca

y me voy a los tumbos en la noche

por el agujereado camino de los sapos.

 

¿Quién me arrima la paz de la tortuga?

¿Quién desempoza el tiempo de su cáscara?

 

Soy el que por la piedra lechosa del quirquincho

bebe en miel las abejas

como el rocío maduro de la música.

                                   ¿A dónde irán mis ojos llenos de hojas?

                                   ¿ Por dónde en ellos vagará el cielo yéndose?

 

                                   Me mira Dios y sé que aquí, yaciendo,

                                   Lo estoy haciendo despaciosamente

                                   De cara al infinito

                                   Siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.

Si se me antoja, digo, si esperase un momento,

puedo dejar que encima de mis ingles

amamante la luna sus colmillos pequeños.

 

Miren mis ojos cuando estoy pensando a ver si es que les miento.

Zorros, la cola como cortaderas,

gualacates rocosos,

corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,

garzas meditabundas,

yararás despielándose,

acatancas rodando la bosta de su mundo,

todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste nada y mi alegría.

 

Después, si ya estoy muerto,

Échenme arena y agua. Así regreso.

                                                                       (De Cantos del gozante- 1972)

 

La tierra está presente siempre. En el manifiesto de La Carpa, grupo literario del cual es iniciador, ellos dicen de la tierra: “Creemos que la Poesía es flor de la tierra, en ella se nutre y se presenta como una armoniosa resonancia de las vibraciones telúricas. Creemos que el poeta es la expresión más cabal del hombre, del hombre hijo de la tierra, aunque se yerga como el árbol en aspiración de altura. Conscientes de las solicitudes del paisaje y de las urgencias del drama humano no renunciamos ni al Arte ni a la Vida...”

 

La tierra es el motivo central de su poesía; de allí es que se reconocen toponímicos que denuncian sus pasos pensantes por la dilatada geografía del noroeste y de los pueblos andinos americanos.

               Porque en su indiferente desolación de azufre y de salitre carcomido

  permanece estremeciéndose sólo para los vientos milenarios.

          

           Desconsolado azul, cielo baldío, irrecordable cielo,

Camino hacia la abandonada memoria de Dios

                                     (Puna del libro La tierra de uno – 1951)

 

                       De su silencio

por su silencio crecen en dulzura sus viñas

y el júbilo remoto de sus vinos hechizos

afirma su exaltada canción y memorable

como si entre los ojos de los hombres

molieran los racimos

                       (Valles Calchaquíes del libro Norte adentro – 1954)

 

Ay tierra que te entierras sin saberlo, en el aire

Me gusta hablarte boca a boca a solas

Irte diciendo todo lo que callas

......................................................................

la puna era un resuello casi invisible,

transparente y gris y fatigado.

(De Bajo las lentas nubes - 1963)

 

Pienso en el chaco, ahora.

En esa adormecida planicie solitaria

En ella, los crepúsculos

Se van en una larga melancolía dorada

..................................................................

En el chaco los cielos

Vuelcan pampas de nácar,

Derrumban sus harinas de girasoles de oro

Y sueltan sus manadas de corderos, levemente..

(De Bajo las lentas nubes - 1963)

 

 La naturaleza se manifiesta en plenitud asociada al  tiempo que reiteradamente es personificado

 

Cuando la primavera está llegando,

cuando el verde aparece en los álamos tan tiernamente

que no se sabe si es hoja

o  rana pequeñita que comienza a cantar en los charcos del aire

entonces, sin querer,

uno le ve la sombra clara a su propio silencio

y algo que se parece a los dedos de Dios

le enternece los ojos

Ese pequeño verde que brinca,

esa como mirada de niña que florece,

esa lágrima dulce de la tierra, derrumbándose,

ese parado goce de la savia

es el primer vagido de la primavera.

Son unas hojas tiernas.

Eso es todo el suceso. Casi nada.

                                                           (El verde vuelve- 1970)

 

Es la naturaleza asombrosamente celebrada en la solemne y lírica ponderación de los árboles, del río, del cielo, de los amaneceres, de los crepúsculos...

 

Pasa que veo un tarco joven alzando al viento

Un avestruz plumudo y hermoso en el verano

Y miro un paraíso dorado dándome sus ramos y semillas

Y que de esas semillas que las siembro a voleo

Vuelve creciendo profunda la belleza solitaria.

Siento venir campanas en yuchanes repicando apenitas

Junto al estrellerío de pie, inacabable de las altamisas

Y voy entre los yuyos y las enredaderas cariñosas

Con una voz que callo pero les cuenta a todos

Que crezco en el verano sorbiendo zumo tierno

Como si yo mismo me bebiera temblando.

                  (Leche verde del libro Triste de la lluvia – 1977)

 

Oh, pura levedad de los chañares!

Oh, doliente algarrobo,

Sobre tu pensamiento los hermanos

Siguen muriendo para hacerse pájaros.

..............................................................

Vengo desde el laurel que huele como el hombre,

desde el fondo del cedro donde dormita el rosa su amanecer de greda

y de los guayacanes donde comienza el ébano.

Vengo de allí, desde sus hojas vivas,

desde el incendio en paz de los lapachos

cuando los tarcos pierden un tierno olvido lila.

                  (Los árboles del libro La tierra de uno – 1951)

 

La segunda vertiente que corresponde a la poesía social se da en forma impersonal. Esta impersonalidad desdibuja la singularidad del sujeto, muestra un sujeto múltiple que emerge del grupo social de pertenencia. Así surgen personajes anónimos pero que representan a un colectivo como: La Preñadita,  El Ahogado, Cantor de bagualas – El cantor de bagualas/ es un ala borracha y melancólica -, Cuatreros, Matacos, Cantoras de Tarija – En los labios de esas mujeres/ América era un ángel distraído,/ un campesino enamorado/ una tierra botando borbotones de pájaros -, El Mendigo, Hachero, Mineros – Ellos con su tanteo/ de roca en roca, ciegos,/ ellos limando aristas desoladas,/ ellos dolientes, purificados en su luz/ como en un sacrificio silencioso -, El Capataz, Carrero – Lento señor del obraje, / gritador y polvoriento,/ como una sombra se duerme/ sobre tu espalda el pañuelo – La Palliri, Hombre entre las cumbres de Lizoite – Nadie pregunte nada,/ nadie cave en este hombre/ ni entre los pajonales dorados donde habita/...Que nadie diga nada/ porque él está empollando entre las cumbres/ el arenoso huevo del silencio -

En su obra están también presente los afectos en las dedicatorias y en las poesías mismas. La dedicatoria del libro De solo estar- 1957, es para Ricardo, el hermano menor a quien llamaban “Pícaro Sueño” fallecido a corta edad. La dedicatoria dice así “A Pícaro Sueño que está mintiendo en el cielo”. También existe un especial espacio para los amigos: el pintor Luis Preti, el poeta jujeño Raúl Galán con quien fundó La Carpa, Gertrudis Chaley pintura europea con la que tenía un singular afecto. Fue Don Manuel quien presentó en Buenos Aires una de sus primeras exposiciones en 1944

 

Y tú Luis Preti  píntale el milagro.

Saca el barco más blanco de tu pecho

Asiéntalo en el mar azul del chaco

Y vámonos de viaje hacia la luna

Donde mueren bailando los matacos

        (Paisaje de Tartagal del libro Andenes al ocaso- 1967)

 

Sin embargo, Raúl, yo me miro las manos.

Ellas esperan solas el peso de las tuyas.

Porque te has muerto joven mi corazón se empaña

Y se queda pensando como una laguna.

(Requiem por Raúl Galán del libro Bajo las lentas nubes - 1963)

 

A veces, cuando me quedo solo,

cuando el alto día del otoño desciende hasta mi corazón

pienso que estás a nuestro lado como un ángel de greda silencioso.

                 (Gertrudis Chaley del libro Norte Adentro- 1954)

 

           Finalmente sería injusto al hablar de Castilla omitir el  aporte lírico  exquisitamente logrado, al cancionero popular. La célebre Zamba de Balderrama, El Fiero Arias y La Pomeña junto al músico Gustavo Leguizamón, La Volvedora junto a Eduardo Falú y otras composiciones como Navidad de Juanito Laguna, Carrero, Pastor de Nubes son algunas escritas para ser cantadas; posteriormente, otros compositores le pusieron música a sus poemas como es el caso de El tren.

 

         Completan la totalidad de sus obras – aparte de las mencionadas precedentemente: Agua de lluvia en 1941, Luna muerta en 1943, La niebla y el árbol en 1946, Copajira 1949, El cielo lejos 1959 y Posesión entre pájaros en 1966.

 

Don Manuel en un solo verso inaugura todo un universo por donde es posible transitar libremente, alimentando sutilmente por esa voz que es como una nota sublimemente tenue pero siempre incipiente:

 

Voy a sus huesos verdes

Con un iluminado destino de semilla

 

Su poética es eso simplemente semilla

 

Parte de su Obra

 

Juan del Aserradero

 

Juan del aserradero se ha embriagado

y hace como dos horas que duerme en la vereda.

Ayer Juan ha cobrado

y en el bolsillo apenas si tiene una moneda.

 

Juan del aserradero

tirado en la vereda

se parece a los perros.

 

Y para que el solazo no le queme la cara,

y se despierte luego,

el yuchán de la calle

tira sobre sus ojos sombra como un pañuelo.

 

Chaguanco, como pocos,

Juan del Aserradero

quiere olvidar la sierra

y se duerme en el suelo,

pero la sierra vuela

por encima del pueblo,

se torna una cigarra

y le asierra su sueño.

 

La Palliri

 

Qué trabajo más simple que tiene la Palliri.

Sentada sobre el cáliz de su propia pollera,

elige con los ojos unos trozos de roca

que despedaza a golpes de martillo en la tierra.

 

(Un silencio nocturno le trepa por las trenzas

y oscurece la arcilla de sus manos morenas).

 

Qué inútil que sería decir que en sus miradas

hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencias;

que pudo ser pastora de las nubes

y se quedó en minera,

que pudo hilar sus sueños por las cumbres

viendo bailar la rueca.

 

La Palliri no canta

ni tampoco hila sueños.

La mirada en la tierra

y en la cabeza el cielo

de mañana y de tarde

busca sólo el silencio

y cuando está a su lado

lo quiebra contra el suelo.

 

Y no sabe que a ratos, entre sus brazos recios,

se le duerme el martillo como un niño de hierro.

 

 

Entierro de Baltasar Guzmán

              Al compadre de don Balta, Medardo Sarmiento.

 

Voy delante de todos, sin jinete, en este entierro,

detrás de mí viene mi dueño.

Don Baltasar Guzmán viene dormido.

Ya nadie me sujeta.

Nadie apaga la espuma de mi freno y de mi brío,

siento los guardamontes como un cuervo baleado encima mío.

 

Como una espuela negra

algo se clava en mis ijares

pero sobre mi lomo ya no hay nadie.

Algo que es un remoto recuerdo de tonada

me toca las caronas con un escalofrío.

 

Ahora que lo llevo ya sin peso a la muerte como a un pétalo

son un granizo tibio sus espuelas.

La brea en flor caída

le doraba las huellas en su Juramento

y el crespín le entregaba gota a gota balidos de rocío.

 

Me sigue con su sombra, pero echada.

 

Yo recuerdo por él, que no recuerda.

 

Evangelina Gutiérrez

              A Eduardo Pacheco

 

Evangelina Gutiérrez

cuchillo en mano deschala

y siente que todo el aire

a su lado se azucara.

 

Miel de palo, su dulzura

por sus trenzas se derrama.

 

En sus ojos el machete

es como un tajo de plata

y en su cintura se entibia

madura ya la mañana.

 

En el lote Arrayanal,

Ingenio de La Esperanza,

a cada golpe el machete

le va cortando la infancia.

 

Evangelina Gutiérrez,

tallo de arena en La Quiaca,

cosecha para el ingenio

flores de azúcar quemada.

 

Trapiche: párate ya,

no te dejes cortar, caña.

La noche llora rocío

salado como una lágrima

 

y el aire se pone luto

tordo cruceño en las alas

porque están moliendo el sueño

de Evangelina en la zafra.

 

En el lote Arrayanal,

Ingenio de La Esperanza.

 

 

Suelo sentir la vida

 

Suelo sentir la vida echándose en mis hombros.

Que lo que ella me entrega se me vuelve hermosura

y voy alegre por mi provincia como si dentro el sueño me mojase la lluvia.

Parece que mi cuerpo fuera andando enmelado

y todo lo que he visto lo estuviera llevando para sembrarlo lejos

igual que una semilla pegada a los caballos vagabundos.

 

Ayer pasé mojando el lila del crepúsculo

y anduve largamente rodeado por la luz despedida del olvido

y cuando me quedé en la baba de los bueyes echados y pastando

entré a la tierra como una araña por su tela, apedreada.

Como toda la savia me rozaba por dentro

desde la flor dorada de los sunchos de abril trepé en néctar y abejas

y endulcé arriba el silencioso caracol volando de los cuervos.

Me fui por la Quebrada del Toro, pedregosa,

y herido por las pencas

dejé gota tras gota floreciendo los pastos de las cumbres.

 

Todo está ahora como viniendo desde mi júbilo.

El cielo en los corderos espumosos y su morado duro en las ciruelas,

la corona de la granada sin su reino pequeño y destronada,

las llamas que me miran con su distancia de salina dormida,

la sensitiva que oye si le hablan antes de tocarla, y se cierra,

el hombre que en el monte ve dormitar el fuego

y lo tapa en el alba con su propia ceniza pensativa

y que después, si canta, queda como yo estoy ahora, iluminado,

soltando de sus huesos asustantes faroles en la noche.

Como soy vida verde me arrimo por la coca hasta los labios de las adivinas,

me ahogo en sus presagios que me quieren matar y que no pueden

hasta que ya dormidas me dan una arrugada y larga buena suerte.

Después, metido en el pecho dorado de los días, toco el viento.

Parece que naciera de las crines de un potro,

que fuera, joven, un río de cauces soterrados que trepa

y cae desde los temblorosos caudales de mi savia a la tierra.

 

Suelo sentir la vida echándose a mis hombros.

 

 

El Gozante

 

Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.

El que bajo las nubes se queda silencioso.

Pienso: si alguno me tocara las manos

se iría enloquecido de eternidad,

húmedo de astros lilas, relucientes.

Estoy solo de espaldas transformándome.

En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña

y miro por los ojos de las alas de las mariposas

un ocaso vinoso y transparente.

En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.

De mí nacen los gérmenes de todas las semilla y los riego llorando con rocío.

 

Sé que en este momento, dentro mío,

Nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua.

Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.

A veces un lapacho me corona con flores blancas

y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra.

 

Miro los cachos del banano,

veo arañar sus dulces dedos de oro

y en las sandías

los genitales verdes del verano llenan mi corazón de poblaciones.

Siento que estoy tapado por luciérnagas

y que en mi pelo crece la niñez del relámpago.

 

Lo que pisa mi piel igual que arena lo traga para siempre.

La sombra de los pájaros es como un agua negra que acaricia mi nuca,

una hormiga me deja su ají breve en la boca

y me voy a los tumbos en la noche

por el agujereado camino de los sapos.

 

¿Quién me arrima la paz de la tortuga?

¿Quién desempoza el tiempo de su cáscara?

 

Soy el que por la piedra lechosa del quirquincho

bebe en miel las abejas

como el rocío maduro de la música.

¿A dónde irán mis ojos llenos de hojas?

¿Por dónde en ellos vagará el cielo yéndose?

 

Me mira Dios y sé que aquí, yaciendo,

lo estoy haciendo despaciosamente.

 

De cara al infinito

Siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.

Si se me antoja, digo, si esperase un momento,

puedo dejar que encima de mis ingles

amamante la luna sus colmillos pequeños.

 

Miren mis ojos cuando estoy pensando a ver si es que les miento.

Zorros, la cola como cortaderas,

gualacates rocosos,

corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,

garzas meditabundas,

yararás despielándose,

acatancas rodando la bosta de su mundo,

todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste nada y mi alegría.

 

Después, si ya estoy muerto,

Échenme arena y agua. Así regreso.

 

La casa

Ese que va por esa casa muerta
y que en la noche por la galería
recuerda aquella tarde en que llovía
mientras empuja la pesada puerta,
ese que ve por la ventana abierta
llegar en gris como hace mucho el día
y que no ve que su melancolía
hace la casa mucho más desierta,
ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,
ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando.



Plaza


En esta plaza crece alta la hierba.
El viento la toca y la inclina levemente
cuando dos niños cruzan su único camino
perdidos en su edad y entre flores breves
y hojas recién doradas cayendo.
La vida, la única vida, está en el cielo gris de la
tarde, yéndose.
Cuando oscurece y la noche tapa los pastizales de la
plaza
la anciana sola de la casa enorme enciende una
lámpara
y es como si echara encima
lenguas de vida blanca, sin carne y en silencio.

WALTER ADET

  Miriam Fuentes

Nace en Campamento Vespucio (Salta) el 3 de diciembre  de 1931

Sus obras :"En el sendero gris" (Sonetos 1962)"Canciones a una rosa"(plaqueta1966) "Antología de la poesía tucumana" (prólogo y selección , 1967)"César Vallejo"(ensayo 1969). "El aire que anochece"(poemas1971)"Poetas prosistas salteños (estudio notas y recopilación, 1973, obra ampliada y reeditada con el titulo de "Cuatro siglos de literatura Salteña" en 1981 "Memorial de Jonás" (1981)  "La casa de donde soy" 1984. Antología "Los Oficios"1987. "El Hueco " -Salta. 1992

 Fallece en Salta el 9 octubre de 1992.

Decir  Walter Adet, para mí, no es fácil, porque a su persona y  su literatura lo siento muy cercano.

Es un poeta que sacude, cala, y golpea las entrañas logrando  el  moretón. Sus poemas son para mí, de una belleza bermeja y desafiante, cargados de significaciones, multiplicados en anillos de piedra hundida  en el estanque, revolviendo los musgos y los peces que se enquistaron  adentro, con el primer relámpago.

Dejándome en los ojos la impronta del ceibo y de su sombra.

 

Prólogo   del escritor  Edgar Bayley

 

Frente  a la adversidad de rostro mudable, y asistido por la difícil esperanza y el propio tránsito transmutado en poesía, Walter Adet nos ofrece aquí sus oficios, la antología de lo que anduvo viviendo y escribiendo. Nos descubre así  el prodigioso roce de dos panes en sus manos, "la luz que al fondo del cristal se triza " y "sueño remolinos/ de ceniza en la noche".

Ocurre que este" forastero en el mundo , pájaro en pozos de aire", este hombre de tierra y cielo y viento y espejismos, nos habla de lo que sabe, nos habla con dolor, con soledad y pésame; pero también , desde allí, nos canta, "instalado en la vida... en plena mudanza".

De ese modo, este poeta impar, tan tierno y escondido, tan verdadero y de tanta proyección, llega a la imagen por caminos de horas, de "entretejida red, de arenas movedizas."

Estas paginas testimonian, pues, un quehacer vital y poético de extendida y rica trayectoria. Aquí habla un poeta real que ha sabido conjuntar sueño y palabra, fuego pena y transparencia. Su contenido decir, de lúcida construcción, no desmiente, por cierto, su densa experiencia originaria. Van de la mano, en la poesía de Adet, lo mas distante y lo mas próximo :el caracol y la nube, la ventana y el lejano son, la jaula de plumas y el alba, el desamor y la comunión, la casa y la intemperie, el río y la orfandad, el mediodía y las hojas plateadas, la claridad y el monte. Y además está la maravilla que va surgiendo, como en secreto, de sus palabras, de su modo decirlas y juntarlas; una maravilla que desplaza las sombras, aventando las cenizas y saludando , por gracia de vida y de verbo, el día que vendrá.

 

Edgar Bayley (DE "LOS OFICIOS" -ANTOLOGÍA. EDIT. ARTES GRAFICAS-SALTA)

ORDEN SOCIAL 

Enseñan a escribir en las escuelas y a leer

                         entrelineas en las cárceles,

persuaden a  los gatos  regándolos, rociándolos

 

Contradecirlos

es hacer un nido

en un sombrero

del espantapájaros.

 

En la otra vida

allanarán la imprenta

donde publica hojas

inéditas el árbol.

 

LUNA DE PUEBLO:

                                                     A José

"Que resbale mi pie,

 y no mi huella"

-nos dijimos los dos en este pueblo

donde los padres nos han puesto en el mundo desde

                                                           su abismo.

En este caserío donde rondan

aullándonos los hombres y los ríos.

Donde es una emboscada

en el desierto, la vida.

Víbora en combustión de sangre fría.

La que desmemoriados recordamos,

La vida.

Y el mármol una piedra con raíces.

Y la salud que nos fumó el tabaco.

Aquí bajo la llaga de la luna

madrejón del aullido en mi canto.

 

Desde los tembladales del alcohol, en el

                                                      hueco

donde la sed masca lana de vidrio

y a tocar fondo

desde que subía

y ondulaba en la luna

el camino.

 

Aquí donde dejamos una huella,

la sombra del que riega un árbol muerto.

Telarañas visillos de la luna,

perros de manicomio

en este pueblo!

 

 

SOBRE LA PIEDRA

 

Soledad de las casas

atrincheradas en sus cimientos

contra el avance de los caminos invasores.

Soledad de los cuerpos

Sobre la piedra de la morgue,

el único salón de exposición

la única muestra

donde la forma está en el fondo.

 

 

A UN ÁLAMO EN OTOÑO

 

Único álamo de oro,

primogénito del otoño.

 

Entre la doble hilera de intacto verdor,

es a ti a quién saludo.

Ellos tienen en sí rumor de brizna,

temblor de vientre virgen

y brillan como una lágrima

bajo la luz fría del amanecer;

en cambio tú,

columna de humo yerto,

bajo la Cruz del Sur,

estremeces mi alma de tanto aire fugaz.

 

Qué sabrías de mi,

y qué de ti mi corazón,

nervadura nostálgica;

ya los primeros pájaros

irrumpieron al verde,

y exhalas el más triste viento.

 

EL ESCUDO DE DIOS

 

Quise escribir unos poemas porque sí, para nadie;

para distraer el amor de tanta cerrada indiferencia.

 

Unas líneas con semblanzas humanas, donde se dibuje

también el perfil del tiempo y su neblinar.

 

Porque el tiempo a su vez nos semblantea y pasamos

pronto, todos, a cortejantes de ataúdes y a deudos

de ojos quebrajosos.

 

¿Cómo no contar que oí decir a un trabajador frente

a mi casa" siempre caigo en la hueca", quejoso

de su suerte?

 

¿O que escuché a otro reír al afirmarme que "cuando

muere un funebrero va de cajón al infierno"?

 

Rasgos de un pueblo que muchas veces en su historia

peinó cabellos acalambrados  por el miedo. Arreciaban

los allanamientos, los secuestros y la desaparición

de personas, cuando empezó a rodar de boca en boca

esta canción:

 

Oyes a tu alma

preguntarte cuándo

cómo desarenar este desierto

 

y tiemblas a los ojos

del régimen y clamas:

mortificación de esquimales al rescoldo

la de mi pueblo!

 

¡Cambiar su libertad

(la cuerda floja)

por una soga

al cuello!

 

La poesía anduvo entonces como esos gatos que fingen acicalarse distraídos para levantar de pronto el vuelo sobre los techos y los árboles.

 

"Pobres poetas. Poetas ordeñadores de la Vía Láctea" -se dijeron-. Y cundió la denuncia entre crispantes cortesías y saludos de sombrero a mano alzada.

 

¿Y aquel amigo que con una sonrisa me infundía todo su desaliento? Usaron tantos bastones para derrengarnos. Nos dejaron tan contusos de la idea. El poema tomó los hábitos de las monjas enclaustradas y nos abonábamos en las cajonerías fúnebres. La ciudad trasminó a jugo de zorrino.

 

Pero la poesía confió en el hombre sin embargo. Y yo la reconocí en una mendiga que desde el cerro le mostró el puño a la ciudad en plena noche y amenazó:

                       

                        Puercos, pecadores. Me voy porque

                        no tengo casa como ustedes. Pero ya

                        sabe lo que son la Difunta Correa.

                        Ya le avisé a la Virgen, que tiene

                        mi carta.

 

Y la vi levantar la tapa de una olla en la cocina y decir a gritos:

 

                        ¡Este es el escudo de Dios!

 

NO ES ROCÍO DEL ALBA

 

el aire y nadie más

 te sobrevive

 

Cuándo le saldrá la patita a la abuela

-preguntaba-

y no es rocío lo que tiemblan en estas

flores, sino lágrimas,

porque anduvo la vida de un pie, sobre un zapato,

y le sobraba el otro

del par, en los cajones.

 

No es el rocío del alba sino en la voz un ruego,

porque dije que pronto,  pero la abuela ha muerto,

y al irse le dejamos las muletas

por si no la esperara su otro pie detrás del muro de cal negra.

 

Cuándo habrá de salirle, y no es el fuego,

es la ceniza que arde en la cal viva 

de esos muros donde no se oye el roce

de la luz, en los ojos,

donde todas las bocas

se han puesto a juntar agua, porque no echa raíces lo que riega

                                                                                        la sangre.

 

No es el rocío del alba sino lágrimas,

sal de la  vida

que ha disuelto el agua.

 

 

LOS OFICIOS

 

Porque yo sé también que el  trabaja

no se da tiempo para hacer dinero

y que cuando destape una agujero 

lo tendrá que tapar con su mortaja

 

que le enseñaron a lustrar mi caja

pero no a preguntarme por qué muero

y que a veces por hombre y jornalero

con dos tragos  asienta una migaja.

 

Que cuando me voy de una taberna

están su botamanga y su entrepierna

mostrando una costura descosida

 

y que con un remiendo en la mirada

dice que nunca juntaremos nada

porque todo lo echamos a la vida.

 

GUILLERMO USANDIVARAS

 

 

"Para ser que demora

 no tarda tanto"

--decías, Guillermo Usandivaras,

al cabo de unas horas más de espera

frente a un pocillo de café,

con membranas de humo

entre los dedos.

 

 

De codos en el bar,

ante la noche sin luces de relevo,

en la niebla de los grandes espejos

donde se oye decir " Así es la vida".

Horma de zapatero

la tristeza, Guillermo.

 

 

Y la muerte diciendo

Soy lo que amas,

lo que odias como siempre

más que nunca,

al pie del muro donde nos revoca

con la ceniza  de las lluvias.

 

 WALTER ADET

    

en página nº 2

SARA SAN MARTIN DE DAVALOS

Y

AUGUSTO ROA BASTO

en página nº 3

TERESA LEONARDI HERRAN

 

                                                                                        

     

   

                                                                             

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